lunes, 30 de octubre de 2017

Puedo respirar...

Levemente levanté mi cabeza y miré hacia afuera, observé todo lo que me rodea: la lluvia fuera de la ventana que caía sobre los transeuntes, algunos vestidos con largos abrigos hasta los tobillos, otros simplemente con pequeñas chaquetas.

Observé con otros ojos el mundo; miré los edificios a mi alrededor, las nubes grises que brotan ocultando al brillante sol, una brisa que no logro sentir por el grueso cristal que me separa del mundo.

Distinguí los sentimientos guardados en mi interior, aquellos que nunca brotan pues mantengo oprimidos, y comprendí que la felicidad es estar en paz con uno mismo.

Entendí que puedo mirar al mundo por el rabillo del ojo y sentirme conforme con mis decisiones, que todo lo que he hecho ha tenido un propósito y sea cual sea el resultado, debo estar de acuerdo con ello.

Después de tanto tiempo pude respirar. Respiré. Cerré mis ojos y respiré una y otra vez, pegando mi frente a la ventana fría para sentirme el contacto del mundo mientras mi mente volaba lejos.

Sentí mis pies flotar a un mundo que nunca había viajado por miedo; miedo a lo desconocido, a lo que impone la sociedad, miedo a las conseciencias de las decisiones que debemos tomar.

Me sentí libre, liviana en un mundo donde te obliga a mantener los pies en la tierra mirando solo lo que a ellos le conviene que veas, pero vi mas allá y me liberé de las gringolas que hacía tanto tiempo llevaba puestas.

Abrí mis ojos y vi mas allá.
Vi tan lejos que por un momento me volví a perder, pero me encontré a mí...

Puedo respirar... Porque recuperé las alas de la libertad.

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