Estoy sentado al borde de la cama, agachado, con la cara entre mis manos; otra vez mi eterno enemigo volvió a aparecer: el insomnio.
Afuera no deja de caer la lluvia, el constante repiqueteo de las gotas en mi ventana me dejan en un estado de relajación; pero aún así, me es imposible dormir.
Miro el reloj en la mesa de noche al salir de la habitación y dirigirme a la cocina. Comeré algo. Quizás, eso me ayude a conciliar el sueño de nuevo... Pero en mi interior, tu recuerdo, me dice que es imposible, nada logrará que vuelva a dormir.
Son las 4 de la mañana, como cada noche. Me acostumbré a tu jodido horario, ese que solo tú entendiste siempre, y nunca me negué a seguir.
Es la hora en que te ponías caliente y me despertabas con tu ferocidad encendida, con aquellas ganas tuyas de hacer el amor en plena oscuridad, bajo la luz de la luna... Cada noche era diferente.
"Es de mal gusto empezar el día sin un buen polvo", dices, y yo no me opongo. ¿Cómo hacerlo? Si ya tus besos me dan los buenos días en distintos lados de mi cuerpo, haciendo despertar mi virilidad tan bruscamente que duele.
Me pongo encima de ti, entre tus piernas y sostengo tus muñecas por encima de tu cabeza, las sujeto fuerte para que no te muevas y te penetro con un movimiento brusco.
Tus ojos se abren a la par de tu boca, formando una O, y emitiendo un gemido ahogado por mi mano, que te ahorca suavemente.
Tus ojos felinos brillan. Mueves tus caderas suplicantes. Intentas zafarte de mis manos para llevar el control... Pero no te lo permito. Se cuánto te excita estar encima. Pero está vez seré yo quien marque el ritmo.
Tus gemidos inundan la habitación, opacan los ruidos externos y llegan a lo mas profundo de mí. Sabes cuánto me pone escucharte gritar. ¡Y lo haces con ganas!
Me declaras la guerra y comienzas tu ataque. Me muerdes. Me rasguñas. Me aprietas con fuerza en cada embestida y yo me rindo. Acabo con un gruñido en tu oído mientras tú muerdes tu labio inferior para no perder la batalla... Pero te dejas llevar y te corres, conmigo.
Aprieto mis manos sobre el frío mármol de la mesada. Ya no distingo la realidad. Te has metido tanto en mi cabeza que te sueño despierto. Y es por tu puta ausencia que mi cuerpo ha hecho huelga.
Ya ni la cerveza me despeja... No hay reemplazo a tu sonrisa de fiera. No tendré vida, hasta que regreses. Si es que decides regresar... Ven, vuelve y haremos de ese horario nuestro único despertar.
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