Recuerdos, miradas, suspiros, sonrisas... Sí, son ésos los recuerdos que te dejan sin aliento, ésos que nunca olvidas. Una noche con pocas estrellas, en un carro, dos personas hablaban, se miraban, reían, soñaban. Pasaba el tiempo para el resto del mundo, pero ellos no lo percibían, estaban absortos el uno en el otro.
Hablaban de lo que sentían (ése cariño tan difícil de explicar), aquel momento en que se conocieron, la manera en que todo sucedió. Un futuro cercano, un miedo intenso, deseos de poder estar tranquilos toda la noche sin que nadie ni nada los molestase. Compartían un secreto oculto para el resto del mundo, ése que sólo se ve cuando miras con atención.
Aquel secreto desconocido, que sólo el tiempo lo vio venir, todo fue tan rápido, pero no impidió que sucediera. Luego de muchas sonrisas, suspiros y miradas pasó. Sí, aquella noche esas dos personas se dieron cuenta de que se podían enamorar.
Todo comenzó cuando decidieron salir, fueron al cine, a casa de unos amigos y luego, cuando ya eran cerca de las 12, dispusieron a irse. Él la iba a llevar a su casa, pero antes de llegar, se estacionaron unas cuadras atrás para poder estar más tiempo juntos, y solos.
Estacionados, en silencio, con poca iluminación, una noche fría... Ahí estaban ésos dos jóvenes, bajo la luna que fue testigo de lo que sucedió. Ellos no lo esperaban, sabían que algo estaba sucediendo porque en todo ése tiempo juntos ya lo sentían. Pero fue esa noche cuando entendieron que se iban a enamorar.
Quizás aun les faltaba tiempo, pues todo es incierto, pero en cada momento es más profundo el sentimiento. Aquel momento, en el carro, ellos confesaron sus miedos, sus deseos, sus sentimientos... Se prometieron sinceridad, lealtad y entendieron que aquello no iba a terminar.
Miradas que gritaban lo que los labios no podían pronunciar, suspiros, y luego de un silencio eterno: un beso. Ése beso que dio inicio a que la imaginación volase, a que sus manos se encontrasen. Dos cuerpos separados por un espació casi imperceptible, dos corazones latiendo a la velocidad de la luz, dos personas jugando a parar el tiempo en la oscuridad.
Y así transcurrieron las horas, esos dos jóvenes no paraban de mirarse, en silencio; no hacían falta las palabras, ya todo estaba dicho, estaba escrito. Sonrisas, caricias y miradas. Él jugaba con el cabello de ella, la miraba, no podía creer estar ahí, confesándole, regalándole un pedazo de su alma con cada beso, cada mirada, cada palabra.
Ella le sonreía, le regalaba cada gesto, cada caricia, le hacía ver cuanto le quería. Se hundía en su mirada, viajaba, volaba en una nube donde nada podía bajarla. No quería que la noche acabará, quería estar ahí con ese chico, esa persona que la fue conquistando poco a poco...
Pero nada es eterno, aunque quisiéramos que fuese así, antes del amanecer se despidieron. Un último beso, una última mirada, un silencio que los penetró a los dos. Aquella noche se prometieron lo que dos enamorados hacen: estar juntos y luchar por eso que nacerá, por el amor que se tendrán.
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